Esta mañana ya he escuchado el primer villancico, accidentalmente, y he pensado en que no quiero pensar en la navidad. Ya están a punto la decoración, los turrones, la lotería, pero yo evito fijar la mirada más de dos segundos (los turrones tampoco los miro por motivos que me superan) para no pensar en que, el mes que viene, se barajarán muchas cosas y a lo mejor pierdo y gano al mismo tiempo. Y estoy asustada, claro. No es agradable estar tanto a la expectativa, en tensión, sin saber ni obtener respuesta o mínima señal. Pero no voy a hablar de esas cosas hasta que sucedan porque no me sienta nada bien y tengo una sonrisa demasiado bonita (es lo que dicen por ahí) para desperdiciarla.
La navidad, para mí, no se trata de celebrar el nacimiento de Cristo, tanto como de reunirme con los seres que quiero, aunque sea una vez al año y olvidarnos de nuestras diferencias para disfrutar en paz y armonía sin dejar fuera a los que ya no están. Por supuesto que me encantan los adornos, las chucherías, toda la decoración, y a veces pierdo muchas tardes embobada en los escaparates, dejándome llevar por la inercia de las luces que parpadean suave o frenéticamente tras el cristal de alguna tienda. Yo soy así de simple. No soy cristiana pero me gusta la navidad. Creo que es una buena excusa para enmendar cosas, para pedir disculpas, para dejar atrás los rencores y las estupideces mundanas que nos convierten en títeres de los bajos instintos. Vengo de un sitio donde esa época no disfruta del paisaje de la típica postal en la que hay nieve, una cabaña con chimenea y niños patinando felices sobre el hielo; en Canarias podemos ir a la playa el 25 de diciembre y el resto del mes si nos apetece. No es por fardar, claro, muchas veces me quejé de tanto calor, tanto sol y tan poco abrigo, pero ahora reconozco que eso tiene su encanto y que es un alivio para los que huyen de las gélidas temperaturas de otros sitios. No voy a misa, no creo en un mesías, ni rezo antes de la cena porque mis aspiraciones espirituales son otras que, casualmente, no pertenecen a ninguna institución. Sí, sé que hay quien piensa que no está bien rebelarse contra todo, o que hay una edad para ello, pero yo sigo en mis trece (nunca mejor dicho). Sin embargo, disfruto de la natividad como una chiquilla. Hago las pertinentes compras, sin sobrepasar los límites de mi bajo consumismo, ayudo a mi madre a decorar la casa, doy los paseos oportunos con mis dos amigos de siempre y no me pierdo las caras de los más pequeños de la familia cuando abren los regalos o cuando gritan los nombres de los reyes magos en la cabalgata. Quizás no sea la navidad en sí, sino el cúmulo de placeres de momentos puntuales y detalles pequeños lo que hace que adore esas fechas.
Uno de mis temas favoritos para la navidad: