Jane dice que hablo mal, que debo corregir mis formas porque me pierden en cuanto a lengua se refiere. Odia que diga tacos porque, además, lo hago con frecuencia y lo sé. Mea culpa y todo eso. Será cuestión de intentarlo, como todo, pero va a costarme. Estoy acostumbrada a escribir bien y a hablar echando sapos y culebras por la boca, pese a toda la finura que puedan ver los que están tras el cristal. Soy una malhabladora en la intimidad; cuando puedo relajarme, soltarme y decir cosas como que el cine español me parece una puta mierda o que a ver cuándo se va el puto frío por que estoy hasta el coño. Queda horrible, la verdad. Son las palabras que no debería decir una señorita, una como yo. Pero, ¿qué hacer cuando se está nerviosa, irascible, asqueada o simplemente se menstrúa? Una vez leí una frase que me gustó mucho; Cuando la ira se esparce por el pecho, hay que frenar la lengua charlatana.
Esta mañana la vi entrar, arrastrando el carrito de la compra, con paso inseguro y ocultándose bajo unas gafas de pasta enormes de color verde. Creo que llevaba peluca. Se me erizó el vello y los ojos se me llenaron de agua cuando se me acercó. Olía a ropa guardada y mascaba chicle compulsivamente, pero no logré ver sus dientes. Se había pintado los labios por fuera y tenía el rimmel corrido. Me miró profundamente a los ojos e inció una conversación sobre sus problemas de pies, preguntándome cuáles eran los zapatos adecuados para su situación pero, de repente, empezó a respirar agitadamente y con aspavientos me explicó que tenía un agua curativa que le daba a su marido cuando se encontraba mal. Él padecía del estómago y ella aseguraba curarlo con ese remedio que heredó de su madre y que ésta, a su vez, había curado a mucha gente con lo mismo, hace muchos años en Alemania. De vez en cuando, parecía decir que el agua esa también vencía el cáncer, podía hacer levantar a los parapléjicos y demás milagros que sonaban a evento bíblico. Afirmaba que, cuando su marido se la tomaba, creía morirse de dolor pero que, al poco rato, se encontraba de mil maravillas. Me ofreció de esa "pócima" y me dijo que ella era una mujer de dios, que me había visto buena y que por eso me la ofrecía; para salvarme. Dijo que aún estaba a tiempo; que yo, al tener juventud, todavía podía alcanzar la salvación. Se frotaba las manos, encorvada, como una criatura salida de una de esas películas que solía ver antes.
¡Sálvate! - me dijo. ¡Sálvate porque todo está empezando a ir mal y hay que ser de dios!
Hubo un momento en el que pensé que me agarraría, pero en ese instante entró clientela. A veces, por la curiosidad, me arriesgo a sufrir este tipo de visitas y vivir estas situaciones, pero me he empeñado en coleccionarlas para luego escribirlas, contarlas y atesorarlas en un rincón, pequeño e insignificante, dentro de este mar de ideas de muchos.