Como especie de prólogo para esta especie de cuaderno de bitácora, libreta de viajes o diario de a bordo, empezaré diciendo que esta semana santa yo también me he unido al sobrecogimiento, la meditación y el sufrimiento. Mi vía crucis particular comienza en el momento en que siento que las manos me van a estallar de dolor; sé que es difícil digerir que estas extremidades puedan llegar a padecer una molestia tan desesperante pero, creedme, es digno de mención aunque sienta que pocos me crean. Intento quejarme lo menos posible, pero es demasiado evidente puesto que estoy irascible, hipersensible y, en definitiva, insoportable. Pido las disculpas pertinentes, eso sí. Una vez explicado el motivo de mi cara fúnebre, procedo a relatar los hechos sucedidos durante la pascua.
Nos dirigimos a Granada agradecidas y emocionadas, por lo menos yo, aunque en condiciones físicas no recomendables para trayectos de carretera largos. Jane tenía el estómago más revuelto que Oriente Medio y eso dificultó la conducción, la proyección e incluso la comunicación. Sé que ni ella ni yo estábamos al cien por cien en este viaje; ella por sus motivos y yo por los míos y, esas dos bombas de relojería coexistiendo en una estructura metálica, privadas de contacto con otros humanos, tenía su peligro pero a nosotras nos va el riesgo, aunque parezcamos de lo más clásicas. El caso es que llegamos por la tarde al hotel, dejamos el equipaje, después de encontrar un aparcamiento fabuloso casi caído del cielo, y subimos a la terraza a maravillarnos con las vistas de la Alhambra y la Gran Vía. Puede que mejorable, pero, suficiente. No estoy aquí para hacer una crítica del hotel porque yo, pobre de mí, no entiendo de hoteles, pero un 5 estrellas, a parte de pagarse, se nota. No es que sea uno de los ritos del tiempo, como mi primer descapotable, pero oye, son cosas que están ahí y que a una servidora le encantan. Sí, sí, se me hace feliz con poco pero tampoco soy tonta, aunque lo parezca. Total, que Jane, que debo confesar tiene más espíritu aventurero que yo, me hace una visita guiada por el interior del hotel incluyendo el spa, del que me enamoro asquerosamente después de ver la piscina. Intento reponerme y apartar de mi cabeza la imagen de nosotras dos metidas en ese agua mientras suena de fondo Justify my love. Es lo que tiene pensar con sonido, pero menos mal que nadie más lo oye. Entonces bajamos al bar, que tiene nombre de estrella de rock malograda, Morrison, pero donde hay una decoración que incluye fotos de los Kiss (firmada) e incluso una guitarra que parece haber sido de Bob Dylan y, donde además, ponen unos crepes deliciosos. Jane y los crepes... En este viaje descubrí su gran afición por ellos y lo fácil que le resulta arrastrarme con ella, para que la acompañe en delitos degustativos hipermegacalóricos. Un asco. Al echarnos a la calle a pasear, nos autofustigamos y decimos eso de que no comeremos más e incluso nos replanteamos cenar, pero ella me lleva por callejones arriba y abajo para que conozca su pasado de estudiante en aquel lugar, así que, a la media hora, tengo el crepe en los tobillos y vuelvo a estar famélica. El Paseo de los Tristes está lleno de transeúntes, en su mayoría turistas, y hasta pasan miniautobuses que entorpecen un poco lo agradable de mirar hacia arriba y ver una fortaleza árabe, pero bueno. Casi al final de la calle, hay un restaurante con unas cristaleras que me permitirían seguir mirando a la Alhambra, así que entramos, entusiasmadas y súper convencidas de que será una buena elección. Suena Diana Krall - The girl in the other room. Me sirven una copa de Lambrusco. :) . Cenamos casi en paz. Nos miramos. Tengo la regla, ****!, no me acordaba... Al terminar, emprendemos camino hacia ninguna parte, simplemente con ganas de dar un agradable paseo y, si acaso, tomar algo antes de entrar de nuevo en el hotel. Se apagan las luces, nos quedamos a oscuras. La multitud se agita, camina rápido y nos guían involuntariamente hacia una esquina desde donde se escuchan unos tambores. Es un trono, pero aún no se ve nada. Sólo la Alhambra, de fondo, iluminada poderosa pero ténue, como si también mostrase un respeto a lo que está a punto de suceder. La gente está en silencio, mandan a callar a quien abre la boca para soltar pluma y entonces llega el olor a incienso. Cierro los ojos e inhalo. Ojalá creyese en todo esto para disfrutar aún más... Veo a los nazarenos pasar; portan cruces y velas y sus ropas son oscuras. Los flashes se disparan como centelleos en un cielo que se rompe al paso de un Cristo crucificado. Veo lágrimas en algunos, oraciones en los labios de otros. Silencio. Y entonces Jane y yo nos marchamos al hotel, cansadas de tanto andar y tanto ver. Granada es un lugar al que siempre apetece ir, aunque sea por una corta estancia. La calle de las teterías, la calle Elvira con todos esos locales semi-undergrounds y las pintadas punkarras en las paredes, Gran Vía, la judería... Reconozco que todo ese aire bucólico, casi enfermizo de tanto gris y ajetreo, me bajó las defensas y, ni siquiera estando sentada en un bar de tapas gay friendly (que significa "amigos de los gays", según Jane), con regaderas a modo de floreros y fotos de drag queens en cabezas de vírgenes, me sentí del todo plena. Quizás es la época. La primavera me está convirtiendo en un monstruo sensible, que se muere por que le amen a la antigua. Amén.