A mí me gustaría ser una heroína. No como las de los cómics; enfundadas en unas mallas que seguro cortan la circulación y con el pelo cardado a punto de algodón de azúcar. No de ésas. Yo quisiera ser una heroína en vaqueros, sencilla, preocupada más de que se haga justicia que de llamar la atención del héroe de turno, que no le hace caso porque, en realidad, es gay. Quiero empezar a cambiar el mundo, pero sin superpoderes ni armas. Sin rayos láser que me salgan de los ojos, sin tener que metamorfosearme y sin poder volar a golpe de capa (aunque esto último me encantaría). Únicamente usar la palabra en el momento adecuado, en el lugar y al villano indicado. Y villano sería todo aquel que se interpusiera entre un individuo y su libertad, o cualquiera que saboteara la bondad y el respeto. Por ejemplo, podría decirle cuatro cosas al opresor que no deja vivir en paz a alguien porque no está de acuerdo con su físico y lo atosiga, y lo acosa, porque lo ve gordo y feo. También a aquella persona que discrimina, margina y desprecia a otra porque no comparte su orientación sexual. Yo podría decirles cuatro cosas, bueno, ocho en total. Me encantaría quitarle la máscara a más de uno de los que presumen de hombría, o de tal, o de cual y ponerlo frente a un espejo. No hacen falta armas, ni violencia. Saber usar la palabra es todo lo que debemos y, a veces, cuesta tantísimo... que, tal vez por eso, me gustaría ser una heroína.