Cuando conozco a alguien intento hacerlo sin excavaciones en su pasado, sin cábalas sobre lo que habrá vivido o no; sus sufrimientos, sus experiencias y dejo en sus manos si quiere compartirlo conmigo o, por el contrario, prefiere reservárselo. Siempre me vendo como alguien respetuoso y comprensivo y la verdad es que cuando alguien nuevo entra en mi vida, sólo me interesa lo que es a partir de ese entonces, lo que es conmigo y lo que es aquí y ahora.
Para mí es un hecho real que no todo puede contarse, incluso en mis relaciones más largas hay cosas que nunca he compartido y eso no quiso decir que me importara más o menos la otra persona, o que no quisiera hacerla cómplice y compañera de mis historias pasadas. Yo no soy de preguntar, soy de escuchar, acepto lo que se me da y me conformo. Otra cosa es que usen la mentira como forma de ocultar información; es preferible que no me hablen de algo, a que me mientan sobre algo...
Cuando se me pregunta sobre mi yo anterior no quiero contestar y tengo mis motivos. Lo de ponerme agresiva es un acto reflejo o un sistema de defensa, como se le quiera llamar. Con el tiempo me he vuelto una desconfiada y he entendido que no se puede hablar así como así, con cualquier persona, sin que ésta haya dado paso antes a un despliegue de buenas intenciones.
Sé que, aunque no me arriesgue, siempre habrá quien me haga daño de todas formas, pero es un modo de disminuir posibilidades. Yo cuento lo que debo, lo que quiero, lo que puedo, lo que considero oportuno, pero todo en mi marco temporal y en mis formas... y si tiran la toalla, es porque no merecían al adversario.