miércoles, 21 de julio de 2010

El día que decidí dejar de comer animales

El día que decidí dejar de comer animales no me imaginaba la que se me vendría encima. Me levanté tranquila con la información obtenida casi sin querer, porque yo tengo la extraña sensación de que las mejores decisiones de mi vida las tomo sin darme cuenta, vienen a mí como revelaciones, como visiones entre la cotidianidad de los días o como ciclones que, de repente, cambian su rumbo y dejan en jaque a quienes los siguen.
Pasé de ser el blanco de las burlas por arrasar con los pasteles a ser el blanco de las burlas por no comer ni carne ni pescado. Me convertí en lo indefinido, en lo neutro; ni blanco, ni negro, ni carne, ni pescado y ya todo empezó a girar en torno a la alimentación. Según los autoconvencidos carnívoros, yo iba a caer enferma porque había que comer de todo; mi cuerpo necesitaba la vitamina B12 y yo no podría sustituirla con ningún otro alimento que no fuese el cadáver de un animal.Estaba haciendo tonterías y además, era ridículo que me negara a comer algo que había sido puesto en la tierra para ese único fin. Es decir, que los animales, como nosotros, no existen por que sí, por sus razones, sino para que los humanos se los coman...Bravo.
Empezaron a desfilar ante mis ojos los platos de chuletas, pechuga de pollo, pulmones, pajarillos fritos, cada vez más cerca y cada vez con más cinismo con la intención de molestarme. Se sucedieron distintos comentarios de intensidad según nivel de cultura, desde el típico: "Y entonces, ese jamoncito serrano, bien cortadito, con sus piquitos...¿tampoco te lo comes?" Hasta el: "Bueno, pero puedes sacar la carne y comerte solamente el caldo." Y es que, de comer carnes 4 de 7 días que tiene la semana, a no comer ningún día hay un abismo que no entiende de credos.
Yo nunca he pedido que se me entienda, todo lo contrario, soy más feliz siendo una incomprendida y eso lo he asumido con todos estos años; lo único que yo espero es respeto, si es que debo esperar algo de alguien. Siempre intento ponerme en el lugar del otro, oir las dos versiones, ser diplomática y practico mucho eso de justificar a los demás, pero qué poquito lo hacen conmigo. Tal vez no he elegido esto, tal vez sí, inconscientemente, saturada de devorar en vez de comer y tener siempre el estómago pesado, con ardores, sin poder dormir después de unas bacanales implantadas como cenas. Tal vez me siento más cerca de los animales que de las personas y eso que yo nunca he sido una amante confesa del mundo animal.
Ahora quien me quiere y acepta siempre tiene a mano unas verduras fresquitas, o un plato preparado en exclusiva cuando se me invita a comer, y se adapta a mis decisiones, sean o no de su gusto, porque eso es, realmente, la tolerancia.
En conclusión; el día que decidí dejar de comer animales me importó muy poco que pensárais que mis glóbulos no son rojos, sino verdes ;)