No soy una persona graciosa. No sirvo para contar un chiste o relatar un hecho cómico con arte y salero, porque no soy graciosa ni andaluza. Encima, para colmo, hablo poco o como yo prefiero llamarlo; "no estropeo los silencios". No hablo por hablar, por llenar un vacío, si no tengo nada que decir o que aportar a una conversación que ya existe. Así que es difícil acercarse, sí. Si todo eso ya lo sé, vivo conmigo desde hace 27 (uuuf!) años, y puedo parecer una estirada que se cree más que los demás porque cree que sabe más, pero no es así. Todo ese silencio también tiene su por qué, pero no todo el mundo tiene derecho a saberlo.
He pasado un buen fin de semana; uno de esos llenos de tranquilidad y reposo y he meditado sobre lo de trasnochar, vivir la noche y sus seductores peligros, y he comprendido que todo forma parte de un ciclo. Yo sé que esa parte de mí no va a morirse nunca porque lo llevo en la sangre, aunque pueda parecer extremista, pero ahora mismo me apetece mucho más aprovechar las horas de luz para pasear y las horas oscuras para estar en la cama (durmiendo o no). Ahora prefiero estar tomándome una copa de vino en buena compañía, teniendo una charla, que volver a casa a las tantas oliendo a mil demonios y sin poder tenerme en pie. No me compensa una noche que me estropee un día con Jane. No sé si esto es hacerse mayor o hacerse más lista, o las dos cosas. He experimentado mucho en muy poco tiempo, tal vez, y por eso no creo que pueda descubrir mucho más. Una vez salida del letargo, me quise comer el mundo y paré a tiempo de que fuese él quien me comiera.