sábado, 6 de noviembre de 2010
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Juro que lo deseé con todas mis fuerzas, que aunque nunca lo hubiese visto ni conocido yo lo quería, lo quería por encima de todas las cosas que se puedan comprar y vender. Yo sólo quería esa sustancia divina que crea el humano, dicen algunos, en el cerebro a raíz de unas hormonas y unas conexiones interneuronales y que para otros es fruto de algo inexplicable y mágico, que nos hace un poco menos miserables y absurdos y que no ocurre con la única función de procrear. Sentir el vértigo, la tortura de ver pasar las horas como siglos y el incandescente anhelo de que no acabe nunca. Yo soy una romántica; una soñadora imbécil que se nutre de esas fantasías que ya están pasadas de moda, que nadie toma en serio y que incluso causa risa. Yo creo en un amor desgarrador, apasionado y feroz que engulle todo cuanto se encuentra en medio. El mismo que no entiende de distancias, sexos, colores, creencias, edades; que aplasta todas las diferencias haciendo gigantes las similitudes y que trae la sensación de que el corazón toma las riendas y se encoge, se sobrecoge, se expande y se vuelca sin nuestro consentimiento, sin nuestra aprobación. Ese amor que duele de tanto tenerlo y parece un disparo en el pecho. De eso es de lo que hablo, porque lo conozco.