viernes, 5 de noviembre de 2010

Esta perra ya tiene dueña

No sé para qué me habrá descubierto Jane el RSS y el READER de Google... ahora no paro de suscribirme a páginas que traen noticias de música. Es gracioso, ella lee sobre economía y otras hierbas más serias y menos fumables (y me encanta) mientras yo me desespero por saber cuáles son las news del music bussiness. Ayer no fue un mal día, sino todo lo contrario; si hoy no tuviese la regla podría estar con resaca de tanta energía, tanta risa y tanto pavo. El broche lo puso ella apareciendo ya de noche, gracias al cambio horario, con ese vestido negro ceñido que se sube demasiado por momentos y con los perfectos tacones que, a cada paso, parecen ir gritando: ¡Sostengo unas perfectas piernas, pudríos las demás, zorras perdedoras! Y entonces, me derretí. Bien es sabido por todos mis fans y detractores, que poseo, entre otras muchas taras, el fetiche casi destructivo por las piernas femeninas (evidentemente). Jane tiene unas de las más bonitas que yo haya visto, así que desde por la mañana estuve imaginando el momento en el que ella volviese a casa y planeé las cosas que le haría con mis manos y con otras extensiones de mi cuerpo. Podría añadir los dos rombos pero no, no hice nada; me limité a mirarla como esta mañana, cuando se fue. Claro que sonaba música mientras lo hacía, sonaba esto:



(Si le das al play no seas rata, sube el volumen)

No se me paró el corazón la primera noche que la ví, yo no iba dispuesta a eso porque estaba reconstruyéndolo otra vez, como la mitad del tiempo. Así que el primer encuentro fue a caballo entre la indiferencia y el desánimo, seguidos del interés repentino a modo de flashes y lazos de luces de color rosa que nos envolvían, aderezado con cuatro copas de más cada una, ocho en total, que a mí me hicieron soltar un brazo y a ella el codo. No, el primer encuentro sólo sirvió para darle dos besos puros y castos de despedida formal nuncaherotounplato. Yo, que me había puesto mi disfraz de serpiente, mis botas altas y mi pelo súper funky para la ocasión de hacer un poco la loba con un supuesto corderillo, al final me fui a casa descompuesta y sin presa pero, he de confesar, contenta. Fue la segunda vez que nos vimos cuando noté que volvían los tambores de mi caja torácica a resonar con fuerza. Se abrió la puerta del antro en el que yo pinchaba aquella noche y tomé un sorbo de mi copa, como buena drama queen que soy. Me hizo llegar su tarjeta de presentación y miré de reojo y, cuando terminé mi sesión, mi despliegue de medios, plumas, poses medio encantadoras y acercamientos a su cuello con la excusa de hablar, me fui con ella y, hoy por hoy, esta perra tiene dueña. Cruzo los dedos, o las patas.