Se puede hacer el silencio y dejar que los colores hablen.
Y cuando llegamos, nos sentamos en el mismo sitio de siempre. Es nuestro, porque incluso nos lo ofrecen. Degustamos el tunecino, nos comemos a cucharadas los piñones y miramos la gente pasar. Estamos a gusto. Es cierto eso de que puedo ser yo, con toda mi rabia elegante y mis bucles verbales. Me entiendes y si no, preguntas.
Hay luna llena y asoma a través de lo que algún día fue una ventana. Nos paramos y admiramos el marco con fascinación casi licántropa. Esta es una de las escenas que voy a guardarme, para cuando la carne se vaya y se queden los momentos.