A menudo se me repite un sueño; uno de esos pocos que logro recordar y relatar con precisión los escenarios, los atuendos y las luces. Mi padre me lleva en brazos, yo soy una niña pequeña, seguramente la Dámaris que he dejado atrás. No tengo más de 3 años y voy tocándole la espesa barba que cubre un mentón mucho más joven, lo noto en los deditos, la piel no está tan curtida. Él se ríe, me mira y me alza hasta que mi cara le llega a la altura de la boca, para darme muchos besos.
Todavía me levanto triste, en el fondo, y pese a todas las piedras que ha puesto a su alrededor, sigo echando de menos tener un padre, uno al que me una algo más que un apellido.
Durante algún tiempo, y a veces aún me sucede, no soporté la imagen de una niña jugando con su padre o siendo abrazada por él. El solo hecho de presenciarlo me parecía abominable. Es estúpido negarlo, esa herida aún no se ha cerrado y la Dámaris niña no ha terminado de crecer.