Ella vivía en el sexto piso, justo encima de mi casa. Había escuchado, a modo de leyenda infraurbana, que había sido prostituta en su juventud y tal vez por eso me parecían lógicos el mal aspecto y una vejez prematura que hacía mella en sus andares casi reptiles. No subíamos en el mismo ascensor, porque en mi bloque hay uno para pares y otro para impares y, por suerte, eso resultó ser ,en más de una ocasión, un motivo de alegría por la prevención de encuentros indeseados. Aún así, evitaba cruzármela incluso en la puerta. Nunca supe su nombre. Para mí era la medio momia con un pie en la tumba que gritaba cuando su marido llegaba borracho y quería sexo. Él resultaba todavía más deprimente a la vista. A parte de maltratador, era sucio y bebía desde horas muy tempranas. Con él también evitaba cruzarme.
Un día, exaltada por el furor de estar en comunión con la pandilla, en ese estado más conocido por "cuando estamos todos juntos nos atrevemos a hacer cualquier cosa", la vi entrar al edificio y la llamé vieja. Torpemente se dio la vuelta y me acusó con el bastón; yo no la oí porque nos reíamos a carcajadas casi unísonas, pero sé que, como poco, estaría maldiciéndome.
Días después, al llegar de clase, tocaron en la puerta. Yo veía la tele mientras comía y mi madre fue a abrir, secándose las manos en el delantal. Cerró la puerta del salón, como de costumbre, para preservar la intimidad de los que estábamos allí, pero al momento, volvió a abrirla con brusquedad al mismo tiempo que me dirigía una mirada profunda, desprovista del amor con el que normalmente mi madre me mira y yo me asusté. Ella nunca usó la violencia conmigo, se limitaba a hacerme daño emocionalmente, como castigo, conocedora de mi devoción por su figura, que hacía las veces de padre y que nunca tuvo porte autoritario. Me miró como si estuviese decepcionada y yo dejé de comer en ese instante. Cerró la puerta, se quitó el delantal y se sentó a mi lado. Tomó aire, se hizo el silencio y tras unos segundos de incertidumbre, me dijo que lo que había hecho estaba mal; que lo primero es que para que me respeten, debo respetar, que a las personas mayores se les debe todavía más respeto (si cabe) y que mi "castigo" iba a consistir en ayudarla con las bolsas de la compra, a cruzar la calle, a abrirle la puerta del ascensor y a darle las buenas horas siempre que la viese, a parte de subir a su casa de inmediato a presentarle mis disculpas. Con el tiempo creo que me tomó hasta cariño y yo me enteré, más tarde, que había trabajado en una barra americana, que había sido una mujer increíblemente guapa y que estaba muy enferma.
Desde ese entonces tengo un profundo respeto a los mayores, me paro a que me cuenten sus historias y disfruto de ello.
Cuando Juana entró esta mañana en la tienda, en silla de ruedas, la saludé y me pidió unos zapatos de tacón. Obviamente no tenía ninguno para ofrecerle, pero aún así quiso mantener una conversación conmigo. Está sola, pero Juana ayuda a los demás, a los más necesitados, aunque ella también necesite ayuda. Iba muy perfumada y bien maquillada; es presumida, por eso busca unos tacones, aunque no pueda andar. Me dijo que no tenía nada que ver estar en una silla de ruedas con estar fea. Busca una charla animada y yo no tengo nada mejor que hacer, porque la tienda está vacía. Pienso en que si se tratase de mi abuela, quisiera que la tratasen de la misma forma que yo estoy tratando a Juana, con respeto, educación y cariño. Por eso he pasado casi quince minutos sostenida en sus ojos verdes, que tiempo atrás, seguro encandilaron a más de uno.