Carnaval, carnaval. Carnaval, te quiero... No miento cuando lo canto, porque es para quererlo. Estos han sido los más cortos; tres días con sus tres noches no dieron para venir vomitando purpurina y lentejuelas, que era lo que pretendía, pero sí para exorcizarme de nuevo a ritmo de Rafaella Carrá & company. Es lo que tienen los chiringays, que llevan la misma tracklist desde hace años, con alguna excepción novedosa, pero sin perder el encanto de lo marica por excelencia.
Yo, que soy isletera de criamiento, no me vi afectada por el cambio de hotel, ya que hubo una confusión al tener los dos el mismo nombre y, aunque mi entrada triunfal rockstar style se vio truncada, salí como una gran Dama y me dirigí con Jane al hotel que nos correspondía. Una vez instaladas, besadas y medio magreadas, salimos a la calle a comer algo.
Estábamos en La Puntilla, donde he pasado tantos veranos, tantas noches de cena y copas con amigos, líos, novias varias, y sin embargo, todo me volvía a parecer especial. Supongo que es por que estaba relajada, no tenía presiones de ningún tipo y confiaba en que el viaje iba a salir bien. Comimos mucho y disfrutamos de una rondalla que celebraba el carnaval en las mesas colindantes. La temperatura era ideal, propia de cualquier primavera peninsular, el solecito me daba en la espalda, sin llegar a quemarme, y la gente corría, paseaba o se bañaba en Las Canteras. Qué bueno, eso es vida. Algún día seré la dueña de un apartamento en esa zona.
Para la gala drag queen estábamos en mi casa, con mi familia y una mesa surtida con canapés, tapas, botellas de vino y papas arrugás con mojo. Estuvo bien hacerlo así. No habría tenido sentido verla las dos solas en la habitación del hotel, sobre todo porque es un acto litúrgico cada año, porque que es carnaval, hay espectáculo y es en mi tierra. Pese a que Jane estaba seria porque una llamada la había devuelto a su inmunda rutina, disfrutó casi como yo. Más tarde, el cambio de tiempo le afectó y por eso decidió quedarse durmiendo pero yo me eché al mogollón, vestida de zombie, con las botellas en una bolsa de plástico dispuesta a reventar los zapatos de tanto bailar.
A la una de la mañana hacía yo mi entrada en el parque de Santa Catalina, centro neurálgico de las carnestolendas Grancanarias, mientras tomaba una respiración profunda, miraba al cielo y decía un insonoro "gracias". Alejandro sonaba en los altavoces, era buena señal. Cuando la música acompaña al momento, siempre lo es. Mis amigos asomaban las cabezas y me unía a un baile que duró hasta las cinco aproximadamente. Disfraces de todas clases, de todos los cultos y de cualquier cosa. Hombres, mujeres y transgéneros. Bellas, bestias, peleas, reencuentros y maquillajes mezclados de tanto besarnos. Músicas y musicones, mosquitas muertas y moscones. Y yo tan feliz, oiga.
Al día siguiente, cuando desperté, tenía a Jane mirándome con los ojos entreabiertos y media sonrisa dibujada. Era la mañana perfecta, pese a la resaca y el maquillaje mal quitado. Compartimos una ducha y nos fuimos a comer al mismo sitio, porque somos así de clásicas; si nos gusta, no vamos a otra parte y por la tarde me empapé de lluvia y de carrozas en la cabalgata. Ver a toda esa masa de gente botando, bailando, pasándoselo bien, me hacía estar de nuevo en conexión con mi yo fiestero y, por momentos, tuve ganas de seguirlos, pero ya he hecho todo eso muchas veces y sé que no hubiera aprovechado ni la noche ni el día siguiente. Quería hacer muchas cosas con Jane en muy poco tiempo, así que en realidad siento haberle dado esa paliza de caminatas, visitas y caracterizaciones, pero merecía la pena.
En el mogollón del sábado nos transformamos en una especie de Lady Gagas que parecían acabadas pese a estar empezando la noche. Eso de poner el despertador para irte de marcha está bien con 18, con 22, con 25... pero mi cuerpo se está resintiendo y si voy a salir, no puedo dormir antes porque lo que quiero es quedarme en la cama. Menos mal que puse la alarma y nos pudimos tirar a la calle a bailar y a beber. Jane encontró electroduendes gaditanos, yo encontré primos lejanos y, en general, lo pasamos muy bien liberando nuestro lado queer. George y yo nos dejamos la voz cantando Born this way y me di cuenta de que lo poco que tengo, vale muchísimo y que no puedo olvidar eso jamás. Desapariciones, presentaciones y desencantos a parte, la fiesta de la carne resultó ser renovadora y pacificadora; Jane y yo nunca estuvimos tan bien como en esos días. Nunca tantos orgasmos, tan seguidos ni tan buenos, tan profundos y nunca tantas miradas que hablaban sin hablar con bichitos en el asiento trasero de un taxi.
En conclusión, un carnaval increíble, con mi gente, que es increíble.