miércoles, 30 de marzo de 2011

Se supone que he dejado el café casi al mismo tiempo, por no decir el mismo día, que dejé el tabaco. Reconozco, con orgullo, que fue Jane la que me animó a dejar el absurdo vicio de expulsar e inhalar bocanadas de humo; se quejaba más que yo del olor del que se quedan impregnados los fumadores y, como ella lo estaba dejando, era lo justo que yo la acompañase. Nadie quiere besar a un cenicero, es lógica pura. Pero, por mucho que me pese, el café es el único estimulante que puedo y debo usar esta semana, si quiero mantener los ojos abiertos y la mente más o menos activa. Las tardes son tediosas. Este mes ha habido muy poco movimiento; la gente reserva su cartera para abrirla en semana santa, así que pocos piensan en comprar zapatos. Eso sí, la tapa y la caña siguen siendo el ritual patrio, por muy fea que esté la cosa. Ya he dicho que el buen tiempo invita a estar en la calle, aunque sea haciendo nada. El sol ya me ha dejado marca tras el paseo dominical y ahora, al mirarme al espejo, creo que parezco un helado de fresa y nata... Qué ganas tengo de tostarme un poco para que desaparezca este color de ultratumba que me obliga a ocultar lo que puedo desnudar. El otro día, leyendo el blog de mi querido Eros, me quedé pensando en su última entrada y reflexionando acerca de cómo cambian los tiempos. Él escribió sobre nuestra generación; las alegrías y desventuras de nacer en los albores de los 80. Hay una diferencia abismal entre tener 20 años ahora y tenerlos cuando Eros y yo los tuvimos, estoy totalmente de acuerdo con él. Es una verdadera lástima, y que conste que no quiero parecer una vieja bruja nostálgica, cómo ven la vida las generaciones venideras. Qué miedo, qué espanto. Yo, en especial, fui particularmente adulta para mi edad, pero sabía perfectamente dónde estaban los límites y la moralidad que iba a elegir; porque la moralidad se elige, no viene de serie. Elegí tener los pies en la tierra, aunque muchas veces eso supuso no disfrutar de los placeres propios de la edad del pavo, por ejemplo. Ahora, con 13 años, ni se juega con las Barbies ni al escondite. Además, hemos descubierto que tener abusones en el colegio se llama Bullying y que es denunciable; ninguna cabroncita mayor tiene derecho a amenazarte con esperarte a la salida para zurrarte, por mucha pluma que tengas y aunque tu madre te vista como Punky Brewster. Los días de reyes el parque se queda vacío, porque a los niños ya no les regalan balones, ni las niñas llevan bicis rosas. Es verdad todo eso. En el fondo, no puedo evitar sentir nostalgia. Nosotros somos de la generación videoclip y ellos de la versión 2.o y todo ese halo de inocencia, ya perdida, me hace pensar en que cualquier tiempo pasado fue mejor.