
Ha pasado un año, uno solamente. Parece que llevo una década mirándote con el mismo entusiasmo con el que miran las jóvenes a los ídolos del momento, pero sólo hace un año. Doce meses de sabor agridulce que escriben el prólogo de nuestra historia, así es. Te sigo mirando fascinada, ya lo he dicho, porque es como si a cada segundo pudiese tomar una instantánea de tí, con una postura diferente y un pensamiento diferente. A veces creo que puedo fotografiar tus estados de ánimo; desde el abismo de los lunes hasta el lago de los domingos. A mí, tus ojos me hablan. Siempre me dices que tengo una sonrisa preciosa; que debería usarla más, que estoy muy guapa cuando lo hago y que crees que no soy consciente de ese hecho. Quizás tengas razón. Llevo un año enseñándotela, no todos los días, porque sería mentira y entonces tú pensarías que ya no es tan bonita. Es mejor así, dosificada. Ya sabes lo falso que queda sonreir por nada, ya lo sabes porque tanto tú como yo conocemos lo que es tener que fingir; cumplir con los requisitos que nos imponen los demás y olvidarnos de nuestras necesidades básicas, por ejemplo, por amor, respeto, dinero. Hace un año que veo cómo lo haces y te admiro. No sólo porque desempeñes bien tu función, sino porque aguantas estóicamente el golpe, el disparo y la palabra, como si no tuviese que ver contigo, mientras que por dentro el agua crece. A veces nos parecemos, incluso cuando te alejas para nadar en tus profundidades y dejarme a la deriva en una barquita, sin saber por qué te has ido. Yo siempre te espero arriba. Sé que vuelves y sé que sabes que estoy. Siempre, por mucha oscuridad que haya en el fondo.
¿Qué más puedo decir? Hace un año que duermo contigo, que me despierto contigo, que me haces feliz y, a ratos, desgraciada. Hace un año que te agarré de la cintura y quisiste resistirte. Hace un año que ella me dio tu tarjeta y te miré de reojo, para que no te dieras importancia. Qué tonta...
Mira lo que has hecho.
Que te quiera.