jueves, 14 de abril de 2011

Ohm.

No soporto a la gente a la que le huelen los pies y, más concretamente, a los que sabiéndose de su hedor, no ponen remedio. Hace poco descubrí que me gusta eso de que la higiene es educacional, es un motivo de educación, sí, pero hay gente que no la tiene. Cuando entré a trabajar aquí me advirtieron de no poner cara de asco cuando un cliente se descubre el pie y resulta que le huele como si hubiera pasado el día descalzo y pisando mierdas de perro. No lo hago, pongo mi mejor cara, aunque esté aguantando la respiración, porque me dijeron que quizás esa persona lo pasara peor que yo, por vergüenza y esas cosas... JÁ. Diría que un elevado porcentaje de los casos no tienen vergüenza alguna y que por eso tampoco les importa que le apesten los pies a calamares podridos en su tinta. Para colmo, se ha acabado el ambientador. Hoy es un día raro. Es jueves y me he dado cuenta de que si este turno durase hasta el sábado tendría la cara hasta los tobillos, así que dura lo justo. Por suerte siempre tengo la clave para hacer que el dolor, el tedio y la infección pulmonar resulten más amenos; pensar en la semana que viene. Vale, he cambiado el lunes y tendré el mismo turno que hoy y que mañana, pero el lunes que viene me sentiré como una diosa cuando no tenga que desplazarme con mi humor lunero hasta el pueblo del eterno verano azul. Point for me. Como iba relatando, antes de ser abordada por tres señoras, a las que he tenido que repetir dos millones de veces las ventajas de usar los zapatos que yo vendo (que son muchas, todo hay que decirlo), no me gustan los olores de los demás. Intento seguir empatizando, de verdad. Creedme cuando os digo que, a este paso, abriré las aguas y convertiré el agua en vino (un momento... mmmh...). Podría relatar muchas historias de mi día a día para intentar convencer de lo buena samaritana que soy, de que voy a ser ascendida como Lady Rowena y que no encontraréis mi cuerpo porque me convertiré en energía pura, como Powder... Pero cuánto cuesta currarse un puesto en el cielo o, como mucho, en el corazón de los demás, aunque sólo sea sembrar por el puro egoísmo de recoger...