viernes, 15 de abril de 2011

21:15

Son las 21:15, viernes. El centro comercial ha estado prácticamente vacío toda la tarde y hoy no es uno de esos días en los que la gente aparece al última hora, aunque no lo voy a decir, por si acaso. Este es el día y la hora en que pongo música de cuencos tibetanos y me expando hacia el universo infinito, enfrascada tras el moNSTRUador. Estoy intentando soltar toda la porquería acumulada, para llegar a casa con ganas de abrazar a Jane y no pagar con ella los platos rotos con los que los demás ensucian mi casa. Intento no transmitirle el dolor de brazos, las malas maneras de la gente, el cansancio y la poca voluntad que tengo de seguir tragando con la mierda de ser una persona sociable en esta cueva en la que vivo. Sé que, algún día, escribiré desde la India. No quiero tener nada, ni quiero dejar nada. Me lo voy a comer todo por el camino, lo aseguro, para no convertirme en la más rica del cementerio, o dejar herederos que disfruten todo el resultado de mis sacrificios. Mi único sacrificio es madrugar, tener que ponerme zapatos, despedirme de Jane por las mañanas. Sin embargo, ya que estamos trancendentales, no niego ser una sibarita. En la medida que puedo, me gusta disfrutar de los placeres de la vida y soy una forofa del bienestar y los caprichos más pequeños, pero menos apreciados por los demás. Soy una vividora no ostentosa. No necesito demasiado para ser feliz, sentirme plena. Sólo los rayos de sol justos, con algo de jazz de fondo, tal vez una copa de vino y tumbarme, despreocupada, a menos de medio metro de mi chica.