Y ahora que sabes de mis heridas y yo sé de las tuyas, vamos a besárnoslas para que duelan menos. Te paso mi abrigo con lluvia, ya ves que pesa mucho pero no tendrás que llevarlo todo el camino; sólo la mitad, que la otra ya lo he cargado yo. Cuando necesites soltar el tuyo, hacemos un cambio y así todo no será demasiado, sino nada. Cuatro ojos ven mejor que dos y dos corazones juntos laten más que cien solitarios. No soy una experta de la cuántica, la vida y los remedios contra la tristeza agónica, pero aquí están mis hombros, mi pecho y mis dedos. Y algo es algo, para lo que está cayendo sobre otros abrigos. Hay que aprender a decir en el momento justo; ni antes ni después, para que la palabra no pierda peso, ni haga agujeros en los tejados. Hay que decir, porque no sabemos cuándo callaremos para siempre.
...Dime, que te escucho.