Puedo ser un hombre, señora, si usted quiere.
Me dejo crecer el vello, poco pero válido, en las regiones en las que ahora moran sólo mis poros y me corto el pelo para acabar con los bucles, que dan algo de feminidad a mi rostro andrógino.
Señora, si usted quiere visto con ropa holgada y calzo tres tallas más y, además, adopto andares varoniles, para que no se me confunda en el paso.
Sólo si usted lo desea, yo lo hago; me siento sin cerrar las piernas y me toco lo que hay entre ellas con violenta desvergüenza. Hablo sobre nada y me bato en duelo con el resto de monos en celo. Puedo oler como huelen los dandis y quedarme de pie mientras meo.
Seré un hombre para que no sienta desprecio, ni tenga que hacer un esfuerzo para entender que nos queramos...