lunes, 23 de mayo de 2011
PPesadillas.
Me despierto casi sin manta, porque ya noto los aromas del verano colándose por los agujeritos de las persianas y hace calor; pero no ese calor agobiante de Agosto, sino ese que agradecen los huesos después de tanta lluvia y frio. Me enfundo el chandal y salgo a la calle a apaciguar con deporte todos los vientos que se han levantado, dentro y fuera. Conecto el mp4 y camino con paso decidido y rápido, mientras el sol va emergiendo del horizonte y pienso que estoy desapasionada, decepcionada y desilusionada. Vivo en un pueblo, al pie de la montaña, donde he encontrado gente con un corazón que apenas entra en su caja torácica; algunos de ellos, incluso apodados mangas anchas, por su desbocada generosidad, y yo siempre he sentido la imperiosa necesidad de hacer mío el lugar que habito, llenarlo de mi y llenarme de él. Pero en este caso, me siento tentada de plantar bandera blanca en mi puerta y rendirme, porque aquí el idioma no es en Stereo, sino en Mono y me siento sin fuerzas para adaptar el oido. Con todo mi pesar y pese a quien le pese, abandono. No puedo competir con tanto desprecio por el lenguaje, el respeto, la poca apreciación de otras etnias y culturas, ni con la humillación y el desprestigio verbal hacia la figura femenina. Ése es el paisaje diario de estos casi 4 años de mi aventura en la Andalucía profunda; la misma que relataba Lorca en La casa de Bernarda Alba o en Bodas de Sangre. Poco ha cambiado, así que, si no lo hubiesen matado, hubiese muerto con pena. Cómo un lugar tan bonito, puede ser tan feo. Esta mañana he pensado eso al oir la conversación de un horiundo que hablaba por el móvil con un semejante, a quien daba la enhorabuena y llamaba "cariñosamente" maricona. Tengo por norma no sentirme afectada por comentarios que vengan de gente que se pone los pantalones a la altura de la nuez, se repeina y está a favor del águila en la bandera de esta ¿madre? patria pero hoy, señoras y señores, me siento avergonzada. No quisiera extenderme y convertir esto en un manifiesto de una lesbiana, atea y apátrida, porque no tengo remedio y probablemente sea más de izquierdas que la propia izquierda, pero tenía que escribir, presa del desánimo, al comprobar que a veces, cuando se avanza, también se retrocede.