jueves, 26 de mayo de 2011
Ugly duckling
Hay días en los que me cuesta respirar porque tengo un suspiro de paz atragantado. Supongo que a veces me siento una niña abandonada y llego a contemplarlo como mi sino; tal vez se trate de una pauta que repito, dios quiera que inconscientemente, y de la que no logro librarme aunque el mundo siga girando y yo vaya cumpliendo años. Ayer me hablaban de los retos que había superado, de cuánto había crecido y del valor que eso tiene, pese a que yo sea incapaz de verlo, y la verdad es que suelo creerme los halagos de la gente que me quiere y que a la vez opina con objetividad, pero esta cruzada es conmigo misma y la sensación de que faltan piezas en el puzzle es inevitable. Mi tía Juana me llama cisne y creo que lo hace porque sabe que antes fui un patito feo, un patito raro y solitario al que le costó horrores levantar el vuelo y que conste que no lo digo por fustigarme o dar pena, sino porque es verdad. Quien me conoce, lo sabe. Aún así, y basándome en esa metáfora del cuento infantil, he perdido mucho plumaje por el camino y lo que conservo en la memoria de la niña-patito feo que fui, es sólo lo malo. Hay lagunas en las que este cisne, por grande y fuerte que ahora sea, no puede nadar porque no recuerda cómo. Creo que puede ser cierto eso de que ya no soy una dependiente enfermiza, incapaz de darse las palmaditas en la espalda sola, y que he superado a las vampiras emocionales que me convirtieron en carne para perros durante un tiempo, pero en el fondo me quedan plumas de ese patito, que es capaz de tapar con sus alitas a quien se cobije debajo, pero que nunca se libra de la interperie y se siente solo y desprotegido.