miércoles, 27 de julio de 2011

No comment

Siempre que viene una racha buena, detrás viene una mala. Es la manera más simple en la que puedo expresar el momento personal que vivo. Así, para que lo entienda todo el mundo o, por lo menos, quien lo lea. Cuando todo va demasiado bien es justo y lógico ponerse a temblar, porque eso significa que pronto habrá un giro y las tornas nos darán una patada en el culo. Normalmente no suelo equivocarme. Ahora es tiempo de tormentas varias.
Hoy me ha bajado la regla, otra vez. Se supone que no debo tenerla hasta dentro de dos semanas, cumpliendo con un ciclo perfecto de 28 días que a vece se convierte en 29 o 27, día arriba día abajo, dependiendo de muchísimas cosas. Me he parado a pensar que si puedo provocar que menstrúe fuera de plazo, sólo con la cabeza, es cierto eso de que nuestro poder mental es superior a lo que pensamos. La mente sobre el cuerpo, la mente forzando la máquina bajo presión, impecable y firme.
No he comido, es otra de las consecuencias que me ha producido este estado emocional caótico y asfixiante. Las manos no me dan tregua, al contrario, ellas también obedecen a la psique y, por lo tanto, me duelen más. Observo poca mejoría en las manías de repetición enfermiza y me despierto antes de que suene la alarma del móvil.
Aparentemente yo soy una chica feliz; con un trabajo, con una pareja y con una vida más o menos estable de la que no puedo quejarme. No sé dónde seré enterrada, pero eso no me preocupa, porque una vez muerta me dará igual dónde haber caído. Siempre digo que este suelo no es mío, ni este techo, porque el mundo no me pertenece, ni yo le pertenezco a él. Supongo que estoy asustada; que las alegrías de cumplir 18 y marcharse de casa eran una utopía en tonos pastel, que se ha ido oscureciendo a medida que el camino se ha vuelto más duro es totalmente cierto.
Estoy asustada porque pese a acumular experiencias, no consigo librarme del miedo y la paranoia y parece ser que tardarán en irse. No puedo evitar sentirme inferior, creer que lo hago todo mal y que no merezco que las cosas buenas se instalen en mi vida; porque pago por todo, por cada momento, por cada cosa que tengo a cambio, por un rato de felicidad, un beso o un sueldo más o menos remunerado. Pago un cánon siempre, allá donde voy. No se me da nada gratis, ni se me regala nada y supongo que le pasa a todo el mundo, pero me juego los dos brazos y la pierna derecha a que a mí se me cobra más caro.