martes, 19 de julio de 2011

Ayer fui dinosaurio. Hoy no me siento con fuerzas de relatar con alevosía y palabras elegantemente inteligentes lo acontecido durante estos días de intromisión y altas temperaturas. Caminando con Siena por el paseo marítimo, vi a una chica que no llegaría, probablemente, a los 18 años. Llevaba un bikini color aguamarina que no se amarraba al cuello, sino a la espalda, y unos pantalones vaqueros cortos, ajustados, que realzaban una figura envidiable y digo envidiable porque, llegados a este punto, debo apostillar que ni yo me llamo Humbert, ni ella Lolita, ni estoy a punto de protagonizar mis primeros pinitos como vieja verde. Es sólo que la vi allí, con su cuerpo bronceado por el sol, despreocupada, jugando a voleyball, los abdominales marcados no por hacer ejercicio, sino por la suerte de heredarlos o, más seguramente, por la edad. Allí, dejando marchar las últimas horas de luz, rodeada de sus amigos; riendo y pasándolo en grande mientras yo me sentaba, ponía más cerca a Siena y me concentraba lo suficiente para hacer una autoregresión. Hace muchos años, en un reino no muy lejano, esa chica fui yo. Tuve ese cuerpo envidiable que nunca valoré y que nunca pude vestir como quise y que, por supuesto, ya jamás tendré. Mi tía favorita solía decirme que disfrutara de mi piel, de mi pelo, de mis piernas y de todo cuanto tenía en aquel momento, porque los años pasarían y nada sería igual. Tenía razón. Tengo 28 años y ningún derecho de sentirme una vieja bruja, pero hay algo dentro de mí que me susurra que debo aprovechar mejor el tiempo, quererme, mimarme y valorarme más... Y por esa escena, y a través de toda esta nostalgia y envidia a partes iguales, he encontrado trocitos de mí que creía olvidados; complejos, temores absurdos y preocupaciones ridículas. La diferencia entre aquella chica que fui y yo, es que la envoltura esconde más años guardados, más palabras dichas y más besos repartidos. Las costuras son las mismas, aunque haya algún que otro remiendo.