Hace tiempo que no escribo, ya. Yo también tengo mis tiempos de letargo, en los que suceden actos importantes pero me encuentro demasiado vaga, demasiado ocupada o demasiado indiferente para relatarlos. Estoy perdiendo mi gusto por bloggear, todo hay que decirlo, aunque me resista y, en días como hoy, haga un esfuerzo mastodóntico por actualizar. Estoy cansada, asquerosamente agotada de tanto calor y sin fuerzas para afrontar los últimos días de vacaciones. Cómo no hablar de mi esperada visita a Londres, si llevaba años hablando de ella e incluso pensaba dedicarle una entrada entera, en exclusiva, pero no me apetece; así que cumpliré y diré que es cierto que es frustrante crear espectativas con respecto a algo. Que la ciudad me encantó, que la gente (en general) me encantó y que fue una bofetada a mi conciencia, para que espabile, sí. Que sé menos inglés de lo que creía y que comí peor que una rata, también, pero Londres se me queda grabada en la retina, con promesas susurradas o confessions on the dancefloor. Con los olores de las mil comidas de Camden o el anochecer cerca del Thames. Se me queda dentro con ganas de florecer, pero no adelantaré acontecimientos, que no me gusta el cuento de la lechera. De resto, hoy es un mal día. Tengo esa jornada egobajocero que me hace pensar continuamente que estoy sola, que no valgo un pimiento y que nadie se acuerda de mí. Así que mejor no sigo, que puede ser contagioso...