lunes, 5 de septiembre de 2011

La vuelta al cole

Comienza la vuelta al cole, los llantos, la nostalgia, el desaliento. Se acaban los días de playa hasta bien rozado el anochecer. La cervecita en la terraza y el olor a carbón y sardinas. Se vuelve al trabajo, a la tortura rutinaria de no tener la sangre azul, sino muy roja. Se vuelve con pocas ganas, con tristeza, con sabor a poco y con unos cuantos kilos de más. Otra vez aquí, sentada, mirando al mundo desde el mostrador y reflexionando sobre cualquier mota de polvo, para no aburrirme. El verano ha pasado sin pena ni gloria, con dos viajes y una visita que han sembrado dudas y deudas conmigo misma. Es curioso como antes lo esperaba, lo ansiaba, lo celebraba y ahora, se va y casi no me doy cuenta. Otra putada más de hacerse mayor, supongo. Ahora empieza a refrescar, y se agradece, al amanecer y al anochecer y ya no hay tanta aglomeración de seres del inframundo, digo, del interior. En realidad, ésta es la época perfecta para veranear, cuando ya todo el mundo ha sacado su sombrilla de la arena y se puede pasear y tomar algo sin necesidad de batirse en duelo con nadie. Ésa es otra; cada vez tengo más agorafobia. No soporto las multitudes a menos que valga demasiado la pena, lo cual es improbable ya que vivo en España, y me he vuelto hipersensible a los hedores ajenos y eso, en verano, es una mezcla que se encuentra con facilidad. Pero bueno, el calor por fin se va; toca sacar la ropa de invierno, tranquilizarse y no dejar las ventanas demasiado abiertas con el fin de evitar corrientes. Hace tiempo que no escribo y se nota, yo también lo noto, pero tengo que empezar a hacer cosas que me gusten, por mi cuenta, sin esperar que nadie me acompañe. Me gusta escribir, aunque ahora mismo esté un poco perdida y no de pie con bola, como con todo lo que me gusta, que no sé dónde meterlo, ni cómo, ni cuánto, ni cuándo.