Quiero que seas, otra vez. Porque ahora no eres y eso me hace no ser. Entonces no somos, ni estamos. Pero dentro hay algo, se mueve cuando estás cerca, retumba en las paredes del estómago hasta subir por la garganta y me hace decirte y desearte. Necesito llorar más de todo el placer, que de todo el dolor. Que estés dentro y que te quedes, siendo, como antes. Como siempre que entras. Yo te abro las puertas; te aprieto entre ellas y me guardo las respiraciones para la carrera final, donde la meta es el grito. A ti te gusta que yo grite, cuando estás dentro.
Y me convierto así en una caja de sonidos y tormentas que nadie sabe cómo usar, pero que todos quieren tener cerca. Recuerdo tus ojos esa noche, pero no recuerdo el color que vi. Sólo me acuerdo de aquellos lazos de luces entre tú y yo. Nos enredaban a medida que hablábamos y nos abandonábamos al capricho de unas copas y unas canciones. Tú ya eras mía, pero eras también del aire. Vi cómo te desvanecías entre mis dedos desde la puerta. Sólo te besé a ti. ¿Para qué más? Para que fueras tú.