jueves, 29 de julio de 2010

Hace días que tengo en la cabeza escribir sobre Mishu y sus historias. Creo que "Mis historias interminables" será el título que le pondré al post, pero necesito más tiempo.
- En fin, mi vida es... no sé cómo definirla. - dice.
La quiero muchísimo, pero a veces, la miro y me gustaría que fuese de otra forma; no porque yo crea que mi verdad es la absoluta, sino porque creo que le haría bien (de vez en cuando) dejar un poco de lado ese estado constante de rigidez consigo misma, relajarse y escuchar a su interior.
Mishu fue educada en el seno de una familia de clase normal-media, con ese sentimiento de culpabilidad incorporado por no hacer lo que se esperaba que hiciera. Lejos de toda espiritualidad, pensamiento independiente y progresista, y con fecha de matrimonio o, en su defecto, vida estable en pareja. Mishu obedeció todo lo que pudo.



A veces, le rugió demasiado lo que lleva dentro (porque aún lo lleva) y rompió con todo con la misma violencia con la que se le impuso. De vez en cuando le pasa, como si despertase de un letargo muy extraño para reclamar su verdadera persona.
A veces, cuando entra en ese vórtice, fantaseo con que consigue abrazar definitivamente ese lado que no enseña y adaptárselo a la piel.
Yo digo, recurriendo una vez más a mi amado cine, que le pasa como a Brad Pitt en Leyendas de Pasión; ella siempre es la que peor hace las cosas, reniega de toda muestra de afecto y compromiso, llegando a dar la sensación de que todo le importa tres pimientos, pero todo el mundo la quiere más a ella, incluida yo.