Ayer no fui a la playa; he decidido esperar a que se marchen los cordobeses y demás interiormigrantes que han invadido mi zona de solarium y chapuzones, así que Jane y yo pasamos la tarde viendo fotos de su antigua vida, esa que tuvo antes de mi aparición estelar.
Con la excusa de que no se puede estar en la calle porque hace mucho calor, nos quedamos en casita sin abrir las cortinas para que no entrase ni un rayo de sol y encendimos el ventilador como dos yonkis buscando algo de fresquito. Nos acomodamos en el sofá, o más bien me acomodé, y empezó a ponerme cds con fotos de viajes, fiestas, excursiones y demás documentos gráficos que me harían conocerla un poco y quererla también un poco más.
La víbora que coexiste en mi interior con esa persona reflexiva, tranquila y comprensiva que soy yo, en realidad, no puede evitar ciertos pensamientos, comentarios, pero acepto el golpe (visual) cual boxeador que se sabe vencedor del combate por mucho que el otro le siga dando puñetazos y dejo que Jane me siga presentando, a veces emocionada, a los figurantes de las instantáneas. Esa es mi arma, señoritas, la resistencia.
Al terminar, me voy a la ducha y me relajo, no sin hacer antes un resumen de lo visto tras esa ventana indiscreta a la que he sido invitada. Ya escribí antes sobre mi rotundidad en negarme a excavar en el pasado de la gente presente, pero cuando una de estas ventanas se abre hay que mirar y es inevitable comparar y, acto seguido, sucumbir a los delirios de grandeza.
*Gracias a Mishu por este descubrimiento sonoro.