TOMA 1.
8.15 de la mañana, ya estoy en mi puesto de trabajo. En mi puesto, en el que me han puesto, en el que se supone que me merezco por obra y gracia universal y divina sin esfuerzo aparente por mi parte porque yo, señoras y señores, siempre caigo entre algodones, sea cual sea la altura desde la que haya saltado.
Qué fácil es confiar en el destino y dejarle los asuntos a él. Cómo me toca las narices (a veces) el "Si tiene que ser, será".
Hoy me he levantado enfrentada con el mundo y muy en particular con los que me atacan a raíz de un comentario que, en la mayoría de las ocasiones, no lleva a rastras una segunda lectura y por lo tanto no espera réplica alguna. Pero ellos siempre están ahí al acecho de poder sacar un trapo sucio, una palabra hiriente, una broma pesada o un secreto que debería seguir siéndolo y como hienas, se relamen de gusto tras dejar sus babas (y pulgas) a mi alrededor.
La idea de perderlo todo de vista un tiempo actúa como placebo mientras sobrevivo a estos amaneceres de 27 grados...Que dios, buddha, alá... se apiaden de mí.
TOMA 2.
Cómo me gustaría decirte a la cara que no me importa nada el futuro, que yo no pienso en él tanto como él piensa en mí. Que no te haces una idea de lo poco que me importan las cosas que pueden perderse, estropearse, quemarse, robarse...que echo de menos que llegues a casa y me beses en medio del salón, aunque el cansancio te arrastre a darte una ducha y meterte en la cama para no terminar de ver ninguna película. Que uso esto como terapia, porque ya no puedo hablar con nadie, porque se me agotan las palabras, se me cansa la saliva y no encuentro manera de comunicarme con la gente, porque cada vez la entiendo menos, y desvelarle lo que me ruge por dentro... y que hace que tenga, a veces, esta pose por fuera.