Sí, hace tanto que no escribo que ya no recuerdo cómo se hace... De no ser por Agatha Christie y el Asesinato en el Orient Express, que me ha acompañado en las horas muertas de mi nuevo y excitante trabajo, hubiese olvidado lo mucho que me gusta relatar las cosas que me pasan, pese a que no sean grandes acontecimientos socioculturales; sólo por el gusto de echarle un pulso a la memoria. Bien... De todas las posibilidades que pude contemplar, jamás pensé que acabaría haciendo lo que ahora hago; vender zapatos y además ponerlos con una sonrisa, propia de un anuncio de higiene dental. Cualquier fetichista sería enfermizamente feliz, pero yo me limito a adoptar el papel de una pseudo enfermera que recomienda, prueba, e incluso a veces aguanta la respiración. Doy fe de que la mayoría de los que se han descalzado ante mis ojos iban aseados, o al menos no daban indicios aromáticos de lo contrario, pero cierto es que hay de todo. Yo siempre pienso en la compasión como arma infalible y sé que, entre este empleo y mis visitas a la iglesia, acabaré caminando sobre las aguas o repartiendo panes y peces. De eso quería escribir, de mis domingos de misa, aunque me vea constantemente interrumpida por las ganas voraces de Jane de hacerme el amor hasta mañana...
Qué más quisiera, el problema es ése; que hace tanto que no escribo que me cuesta coger el ritmo. Empezaré por la mitad para ahorrar los detalles escabrosos que me arrastraron a cometer la locura de cambiar unas misas por unos favorcillos que supongo estaban en manos de, voy a llamarlo, aquellos a los que no vemos. No soy creyente y hago alarde de ello cada vez que se me presenta la ocasión, pero mi desesperación era tal, que me puse el ateísmo por montera y entoné unas oraciones a pie de cama. Casualidad o no, mis plegarias fueron respondidas, o mis deseos concedidos, o practiqué la ley de atracción y se me dio lo que pedí, elíjase la forma a gusto y fe del consumidor-lector. Entonces, una vez obtenido el resultado deseado, debía cumplir con mi parte del trato. Porque yo otra cosa no, pero cumplía soy más que un luto y como una de las cosas que peor he llevado ha sido entrar en las iglesias, consideré que podía ser un sacrificio bastante honorable. Así que este domingo estrené mi periplo de feligresa en compañía de Jane, que adoptó un look Jackie Kennedy para acompañarme solidariamente, en una iglesia que hay cerca de casa. No sabía que el horario de misas pudiese mirarse por internet, pero sí, sorpresa. A las doce y media estábamos entrando en la casa del señor, provistas de paraguas y apagando los móviles para mostrar un respeto que, sin embargo, no proceso a quienes divulgan la palabra del altísimo. Si el diablo viste de Prada, a Jesucristo le ponen las pieles. Tengo que hacer esta observación porque el desfile era demasiado descarado como para que yo lo obviase y es que las señoras iban con sus mejores abrigos, tocados, guantes y cardados, a escuchar la palabra del que quita el pecado del mundo. Vale, frivolidades a parte, después de sentarnos y comentar un poco las primeras impresiones, se encendieron las luces; las campanas dieron la última llamada a la población y comenzó la liturgia. El templo estaba atestado y a pesar de que al principio sólo habían cabezas canosas a la vista, las juventudes cristianas hicieron aparición para mi ¿grato? asombro. Yo no lograba recordar ninguna de las oraciones que me hicieron aprender en catequesis, sólo alcanzaba a reconocer la forma de presignarse, pero como no comulgo, no era necesario. Jane tampoco acompañó al coreografiado tumulto, ni en gesto ni en palabra, sólo permaneció en silencio, levantándose y sentándose cuando el resto lo hacía. Sólo nos dirigimos una mirada cómplice cuando tuvimos que "darnos la paz", algo que más tarde ella sugirió sellar con un beso. Sí, claro, lapidada quiero yo morir cual María de Magdala. Nos dimos la mano, casta, pura y, en mi caso, sin quitarme los guantes para estrechársela también a un hombre que se dio la vuelta y que me hizo pensar que si supiera las atrocidades carnales que nos dedicamos mi compañera de asiento y yo, más bien me hubiera escupido en la cara. El cura no dijo gran cosa; como buen pastor intenta llevar encarriladas a las ovejas y yo lo entiendo, pero en algo sí acertó, en algo sí se me acercó. Nos comunicó que a la casa del Señor no se va por obligación, sino por amor. Claro, como yo. He ido por amor, ¿por qué otra cosa iba a entrar en una institución que me odia abiertamente? Por amor.