He acudido a misa, ya es la segunda. Esta vez he ido sola, aunque en el camino me acompañaba mucha gente; probablemente pocas personas. Justo cuando me disponía a entrar, las campanas han empezado su canto avisor y yo he desconectado el móvil y me he desprendido de las gafas de sol. Parecía que lo hacía con mucha frecuencia y se había convertido en una rutina dominical, pero no, es sólo que soy muy dogmática con las coreografías; el instante, el movimiento, el sonido.
La iglesia estaba llena así que he elegido el último banco de la izquierda para sentarme, no sin antes dejar el casco en el suelo. Ha comenzado la eucaristía y he levantado mi corazón hacia ÉL. Debe ser un poco tedioso el trabajo del cura; repetir los mismos sermones día tras día y tarde tras tarde, a parte de poco original porque repitió lo mismo que mi última vez en la casa de dios. Pero bueno, no he ido a juzgar su speech, sino a cumplir con mi parte del trato psico-trascendental, metafísico y metafórico y estaba a punto de desconectar la atención, cuando me ha recordado algo que tengo en común con la doctrina del redentor. Esta recomienda poner la otra mejilla a quien nos abofetea una y, curiosamente, es algo que vengo practicando, casi inconscientemente, desde que abandoné el nido. "Yo amo y así me santifico". Es justamente lo que he hecho con todos aquellos que me han atravesado con las dagas envenenadas de, por ejemplo, un comentario dañino. He puesto las dos mejillas y el culo, cuando así lo he considerado. He besado, acariciado y abrazado a mis enemigos, porque siempre he pensado que el amor es mucho más fuerte que el odio y que, tarde o temprano, todas las criaturas se doblegan ante él y además, no hay nada de extraordinario en querer sólo a quienes me quieren; eso es lo fácil. Pero es cierto que llega el cansancio, que se agotan las fuerzas por no ver frutos, cambios, consideraciones y entonces se abandona. Sin rencores, pero sin vuelta atrás. Se cambia la marcha, el rumbo y nace la obligación de sacar cosas de la maleta porque pesan demasiado y el viaje continúa.
Esto no quiere decir que sea tan frágil que dos visitas al templo logren convertirme en una oveja dócil y mansa que se una al rebaño, sino que confirma que, al final, todas las religiones son iguales, dicen lo mismo de distinta forma y que no van tan desencaminadas en algunas de las cosas que yo medito y profeso, pese a no estar de acuerdo con el modus operandi de los mensajeros.