viernes, 18 de febrero de 2011

De salir del armario en el trabajo y otras finas hierbas...

Por fin es viernes. Mañana trabajo, pero no importa; hoy es viernes. Es el preludio de un fin de semana con horas de más para más cosas. Es lo que tiene el turno de mañana, que tengo las tardes libres y no termino tan cansada. Ayer, mientras preparaba la cena (una sopa de sobre riquísima, por cierto) mantuve una conversación muy interesante con Jane acerca de salir del armario en el trabajo. Para mí siempre ha sido una necesidad no esconderme, porque todo esto de que me gusten las mujeres ha resultado tan natural que negarlo me parece un acto contranatura. Pero es verdad que con el tiempo, se aprende a hacer dobles lecturas y a relativizar según qué temas. Entiendo que Jane no pueda librarse de los comentarios absurdos (hechos por paletos absurdos que; o llevan más cuernos que un saco de caracoles, o escupen cuando hablan o tienen cara de haberse pasado toda la adolescencia metido en casa haciéndose pajas) imponiéndose a ellos con una sexualidad abierta, sin tapujos, de la que no sentirse avergonzada. También entiendo que a ella le avergüence más la actitud de sus compañeros. No es para menos, pero los comentarios hirientes los puede hacer cualquiera, no hace falta tener una carrera para ello. La ignorancia es una lacra que impide avanzar a naciones enteras, por eso yo opino que un país sin educación es un país en la miseria, pero no toda la educación está en los libros, en las escuelas o en un título que acredite que eres tal o eres cual. Para no entrar en más descalificaciones que se me están ocurriendo para dedicar a esos personajes (o infraseres, como suelo llamarlos, porque son inferiores a mí por lo menos en conciencia) relataré mi experiencia laboral con y sin cartelito.
Es cierto que en mi anterior trabajo había un ambiente cuasifamiliar que me hacía disfrutar de los placeres de extrapolar comentarios, radicalizar mi postura de lesbiana no activista pero casi e incluso soltar algún que otro piropo albañilero a alguna moza del lugar. Estaba bien. Contaba con la baza de que mi jefa jugaba en el mismo equipo, entonces pan comido. Bollo comido, mejor dicho. Pero en este caso es diferente.
Hoy entró la vecina de las chucherías (la única con la que intercambio dos o tres frases seguidas) a hablar un rato mientras no había clientes. Se paró justo en frente del mostrador y minimicé la Curve, la Diva y alguna que otra página de cultura lésbica. ¡Ups!
¿Tu noviO en qué trabaja? En un supermercado. (O_o)
El mío es poco detallista. Jejeje... (Pensamiento: ufff, pues si conocieras al míO....te quiero nena, pero tienes que currártelo un poquito más.)
Lo sé, lo hice casi sin pensarlo. Las palabras brotaron de mi boca llenas de embuste. Me escondí, me cubrí, huí como una cobarde, ¿pero qué hacer ante tal presunción de heterosexualidad? Sé que se acabarán enterando; no me he preocupado de mantenerlo en estricto secreto en este pueblo al pie de la montaña en el que vivo, pero creo que es mejor aguantar todo lo posible porque no sé cómo reaccionarían mi jefa mi jefe y mis compañeros. No me importan las ideologías que tengan, pero me importa estar bien en el trabajo. Además, algún que otro comentario ya me ha echo retroceder en mis ganas de hacer un outing como dios manda, pero me es taaaaaaan difícil esconder el plumero...
Está claro que vanalizar sobre el asunto quita hierro, pero no me hace gracia TENER que fingir.