Sabía que hoy llovería, por eso no he cogido la moto esta mañana para ir a trabajar. Amaneció despejado, con intenciones de ser un magnífico día, más propicio para el descanso que para ganarse el pan, pero se ha nublado completamente y ahora llueve a cántaros. Veo a la gente pasar con paraguas, algunos lo llevan a modo de bastón, otros enganchan el asa en el brazo y andan como si hubieran sido nombrados por alguna real orden de estirpe inglesa. Cuando hace mal tiempo la gente se queda en casa. No tiene sentido meterse en un centro comercial a dar vueltas para acabar no comprando nada, que es lo que hacen, cuando puedes estar en casita, al calorcito de una estufa viendo cómo diluvia, plácidamente recostada sobre un sofá, leyendo o viendo alguna película...
Tengo los pies helados. Cuando duermo, me gusta moverlos para encontrar los de Jane. A ella también le agrada encontrar los míos; hay altura suficiente para hacerlo. Ambas dormimos con calcetines. Odio las presiones de la ropa, pero odio más morirme de frío.
Definitivamente, esto está vacío hoy. Algún curioso se acerca al escaparate, alguno entra y hace alarde de su falta de educación y en general, hoy todos miran pero no tocan. Estamos como quien dice a mediados de mes, pero es que este Febrero sólo trae 28 días. Hay que apretar el culo contra la banca, como dice mi sabia madre.