miércoles, 23 de marzo de 2011

Aquella era la época idónea; estaba sola, asquerosamente sola. Cualquier estímulo o experiencia podían ser vitales acompañantes, porque el viaje estaba siendo demasiado horrible y aburrido. Así que todo el que se interpuso entre la sustancia y la niña de mamá salió mal herido, por intentar entorpecer el crecimiento hacia ninguna parte, necesario para nada. No había que cavar muy profundo; el entorno se prestaba a dibujar las escenas. Sólo tenía que hacer callar a las voces, interrumpir los diálogos atroces y ya sabía cómo. Música.



Una vez a lomos del caballo blanco, todo es dulce y armonioso, nada carece de compás, ni de sentido; incluso las texturas más comunes arden hermosas bajo las yemas de los dedos... Nada duele. Y siempre hay luz, siempre, por lo menos al principio. Aunque reconozco que nunca pude evitar que me engullesen las sombras y todos aquellos seres que me dejaban medio muerta y desgarrada. Hay que bajar para luego subir, porque una vez en el fondo el único camino es hacia arriba.
No, las mariposas nunca me siguieron y sé que a veces fue peor perderme que estar perdida... Pero fue agradable tener un rato de paz, de caos en mi caos, de retroalimentación absurda y etílica, de viajar hacia dentro, hasta donde se pierden los colores y se puede lamer el aire.