jueves, 10 de marzo de 2011

You can´t stop the music

Creo que, cuando llueve, el día se ralentiza y me da la sensación de que las escenas suceden a cámara lenta; pierden importancia y fuerza y todo lo que me preocupa es resguardarme sin dejar de disfrutar de cada gota. Las mañanas grises son para hacer nudos de piernas bajo sábanas impolutas, ver películas antiguas y practicar sexo como intermedios. No llevar maquillaje, no peinarse y no desprenderse del pijama más que para tomar una ducha de agua caliente, mejor en compañía. Sin embargo, estoy sentada en este gélido cubículo, donde sólo oigo el motor de los coches que pasan y sólo veo cómo se deslizan, como fantasmas por una carretera recién mojada. Estoy resfriada y lo único que me apetece es dormir, cubierta por diez edredones.



Cambiando el tercio, empiezo a preocuparme por mi obsesión con controlar las cosas y comprobarlas repetidas veces. Me he percatado de que cuento las veces que lo hago como si fueran parte de una coreografía. Son ocho tiempos, a veces cuatro, depende del día. No sé si es cierto eso de que el ritmo te acaba afectando, pero me estoy convirtiendo en una especie de directora de orquesta de objetos comunes. Sabía que tenía un vínculo especial y espiritual con la música, pero no que acabaría por fraccionar los movimientos a modo de partitura... De todas formas, sé que está en mi cabeza y que tiene solución pero, por si acaso, iré mirando plazas en el conservatorio.