martes, 21 de junio de 2011
Razas de noche
Aquellos demonios siempre aparecían en mis sueños. A veces tenían cabeza de animal y cuerpo humano y se erigían en torno a una mesa donde reposaba una mujer desnuda, que supongo sería el banquete tras algún ritual. A veces eran hombres enormes llenos de músculos y venas, con la piel roja y los ojos amarillos, a punto de salirse de sus órbitas. Los demonios estaban ahí y no se iban nunca y cuando se reunían en un mismo sueño, las escenas que recuerdo eran orgías y actos de canibalismo. Siempre había mucha sangre y siempre estaba oscuro. No me dejaban salir del sueño; me tocaban, me lamían, me arañaban y me incluían en aquel sexo enfermizo. Se lo dije a mi madre y todo lo que tuve por respuesta fue una especie de exorcismo a mi habitación y a mi cama. Llegó a la iglesia con una botella de plástico vacía, para llenarla con agua bendita y rociar todo cuanto era mi entorno al dormir. Me hizo hablar con curas y monjas y me sentó frente a Jesucristo, mientras uno de los suyos me pedía que le describiese a aquellos seres de mis sueños. Mis sueños estaban podridos para ser tan pequeña, es todo lo que llegaban a decirle, y que debía asistir a no sé cuántas misas y rezar mucho, rezar todas las noches. Era mi madre la que rezaba por mí, sé que aún a veces lo hace, pero yo nunca creí que aquellas palabras pudieran salvarme de lo que se acontecía cuando cerraba los ojos. Sugestionada o no por el entorno, crecí con esos súcubos a rastras hasta que me casaron con dios y, en esa unión, mis sueños quedaron libres de presencias extrañas e indeseables. Es cierto que aparecen, en ocasiones, como producto residual de mi subconsciente, en el que quedó grabado a los 5 años y, desde entonces, han tomado formas diferentes a medida que me he convertido en una persona adulta, independiente e involuntariamente escéptica . Mantienen la forma original dentro de mí pero fuera, en el mundo que se toca y se oye, son miedos que se van erradicando hacha en mano o por suerte. Estar sola, sentirme abandonada, sentirme culpable, fracasar, que nadie me quiera, son algunos de ellos. Es ridículo, a primera vista, que me aterrorice dormir sin una luz que me guíe, temer dar la espalda a un espacio vacío y dejar la puerta del armario abierta. Soy consciente de que puedo resultar patética reclamando un abrazo en mitad de la noche, despertando a alguien para que se de la vuelta y me acoja, en un acto desesperado por sentirme protegida de cosas que se escapan de mi voluntad física, cosas que sólo yo conozco.