Me gusta ver que están poniendo el mercadillo por la mañana; significa que es jueves y, por lo tanto, va a terminar este suplicio de tres semanas seguidas con turno partido/robavida. Es el preludio del viernes lo que me hace tan estúpidamente feliz hoy. He dormido un poco en el trayecto hasta el trabajo, intentando soportar la mezcla de perfumes (baratos), olor a tabaco, sudor y aire acondicionado. Sé que tengo el estómago destrozado y no es sólo por el ajetreo de estos días. Los pantalones me huelen a Siena; esta mañana estuvimos jugando antes de despedirnos y me ha dejado impregnada pero no me importa, conozco perras que huelen peor. A veces quisiera ser menos radical, ser un poco más tolerante. Guardarme las caras y las frases y representar un papel; uno que mantenga contento a todo el público, pero eso es imposible. Yo de saber estar sé un rato, pero no sé estar mucho rato, porque no sé fingir. Se me da fatal. Debe ser por eso de la conciencia, que la tengo muy grande, como todo.