El verano empezó en Junio, oficialmente, pero para mí está a punto de llegar, de hacer esa aparición mágica en la que yo comienzo a tostarme, a desvestirme y a querer trasnochar en la terracita de turno. Aquí ya puedo ver el desfile de forasteros que se han instalado en mi prestado reino durante las vacaciones que a cada uno le correspondan. La mayoría son de interior; ese turismo detestable, rancio y tan poco chic que ni deja dinero, ni sitio donde aparcar. Turismo de interior, seco, árido, yermo e insustancial que desfila a diario por las inmediaciones del centro comercial sin comprar nada que no se vayan a comer en los próximos días. Yo pongo el aire acondicionado y soy la reina de los mares sentada en mi silla anatómica, que no ortopédica, porque otro de mis óvulos ha muerto en la desesperanza y me encuentro desfallecida. No es apropiado tener tan cerca un surtidor de glucosa al por mayor, pero hago esfuerzos titánicos la mayor parte del tiempo, aunque me permita un desliz cuando estoy en este estado tan femenino y desagradable.
Los veranos cada vez son más cortos, me doy cuenta mientras pido el café y veo que ya hay lotería de navidad disponible. Cómo corre el mundo y qué lenta soy yo, que me paro a fotografiar a un caracol que me he encontrado en la pared. Es verdad que cuando me quiero dar cuenta estoy oyendo el mismo disco de navidad de todos los años, el ALL-TIME CHRISTMAS HITS que yo misma recopilé, presa del aburrimiento de estar en el paro, pero ahora mismo sólo quiero que llegue Agosto, retenerlo como un orgasmo entre las piernas, y que el mar se lleve la mitad de todos nuestros males.