lunes, 17 de octubre de 2011
Cuando intentas convertir a una perrita en gatita sueles acabar desilusionada. No es que estemos haciendo experimentos de transmutación genética, ni magia negra; digo convertir en gatita porque los gatos, pese a tener esa mala fama de acompañar a brujas, ser ególatras y traicioneros, hacen sus cosas donde deben, a parte de lavarse continuamente, y es ésta la misión que nos ocupa; reeducar y acostumbrar. Supongo que ese cajón es demasiado pequeño en comparación con lo grande que es el patio, que es donde ella se ha acostumbrado a depositar heces como si no hubiese un mañana. Eso sí, el acto de esperar es unificador y digo esto porque, aunque a veces parezca que hablamos idiomas diferentes, Jane y yo estamos cerca. Es lo que tienen las guerras, que devastan, destruyen y arrasan, pero todo lo que va naciendo tras su paso es nuevo, es bueno, es vida. Yo tengo una fe que se ríe de las guerras mundiales que estén por llegar, las venganzas de la naturaleza y las enfermedades terminales, así que no me muevo de las trincheras hasta que no se me acabe la munición. En las sombras de la cocina, con la luz apagada para que la perra no pueda ver que la espiamos para asaltarla cuando decida hacer caca, vislumbro una silueta algo más escuálida, pero igualmente familiar, y a continuación una mirada de complicidad mientras me pregunta, susurrando, que si alguna vez seremos felices. Yo le digo que sí, ¿qué le voy a decir yo a esos ojitos casi verdes que buscan en mi boca el aliento cálido de la esperanza? Sí, le juro que vamos a ser felices, pero tengo perra, no gata, así que no soy bruja, no puedo decirle cuándo.