martes, 20 de diciembre de 2011

El año que me robaron la Navidad

Este año no parece que sea Navidad y aclaro; no soy una niñata inmadura e ilusa que vive esperando la próxima festividad, como buena española (en el dni lo pone) que soy, es simplemente que tengo una niña interior (a la que, por cierto, tengo bastante descuidada) que todavía no ha hecho aparición estelar.
Como decía, este año no parece que estén a punto de llegar la lotería, la nochebuena ni la última noche de este desgraciado año. Esta tarde, antes de entrar al trabajo, el simpático homosexual (me encanta esta palabra: HOMOSEXUAL) que atiende en la cafetería me preguntaba que qué me había hecho en los ojos. Salvo un poco de rimmel nada más, le dije, pero insistió en que le confesase tal truco de belleza porque, tenía un brillo en ellos que, seguro, era fruto de descansar debidamente. Sí, ya, claro. Descansar. ¿Para qué decirle que soy una persona con sobrepeso emocional y que si quiere tener este brillo en los ojos sólo tiene que llorar como un hijolagrandísima? Para nada, él también se evaporará dentro de poco. Voy a ahorrar en palabras y por lo tanto en saliva. Mi llanto es por nostalgia, no desenvainéis vuestras espadas.
Se me han fundido las luces del árbol, se veía venir; en mi cabeza es una metáfora, como los carteles publicitarios en la carretera, que me envían mensajes de todo menos de comprar lo que publicitan y esa frase puntiaguda en cualquier película que veo y que se clava y hace daño donde más lo necesito. Pese a todo, voy a volver a casa y eso es grande. Grande porque allí están todos los que me quieren de verdad, los que nunca han dudado sobre ello y los que me quieren a pesar de todo y eso es más de lo que yo, pobre humana inocente y autocomplaciente, puede desear. Me gustaría volver a ponerlas, las luces del árbol, digo, pero es otra batalla perdida. Lo miraré como quien mira un diplodocus. Hay que aprender a desprenderse de las cosas materiales, inertes, para aprender a vivir mejor. Así lo postula el budismo y es mundialmente sabido que a mí el rollo Zen me pone. Pero no estaba hablando de todo esto sino de la Navidad, de que para mí es sacar de paseo un rato a la mini-yo que tengo, asustadita perdida, en alguna parte y llevarla a ver escaparates y redactar la carta a sus majestades mágicas. Esa pequeña flaca y vivaracha que aprendió a conformarse con lo que había debajo del árbol la mañana del día 6 de Enero, porque no quedaba otro remedio.
Eso es para mi la Navidad, abreviando, aunque esa niña no ha salido aún. Para mí esta es la época en la que suceden milagros; como el año pasado, que encontré trabajo en el desierto de esta interminable crisis carroñera, algo que me colocó hojas de laurel sobre la cabeza. Sin embargo y con todo mi pesar, esta vez está por ver si algo pasa; me dejan de doler las manos, me toca la lotería o el niño que camina con muletas las suelta, da un doble salto mortal y dice: Que dios nos bendiga a todos.