miércoles, 7 de diciembre de 2011

En aquel cuarto donde las horas perecían, vivíamos tú y yo y cuando te me escapabas con el sol, las flores que habías traído caían, doblegadas por el dolor de tu marcha. Cuando te ibas y me dejabas a solas, respirando tus ausencias de almizcle y madera, era capaz de sentirte dentro, latiendo en mis ángulos proscritos.



Los dedos me sabían a ti; a la llanura fértil que había cabalgado con el corazón y al cauce de caramelo que había manado de ella. Se me iba la vida adorándote y te miraba como si fuese la última vez, intentando que no murieses nunca en mi retina.
Así, eras la hermosa quimera que me ató a una tierra que nunca fue la mía y en la que viví por y para ti, dejando atrás las raíces y echándole un pulso a la nostalgia por cuidarte, por quererte y por tenerte.