Voy a desmantelar mi propio plan, a salirme de mis estúpidas convicciones y a romper con un bate de béisbol mis expectativas. 2012 no me hará sentir una frustrada cuando acabe, tal y como lo ha hecho este maldito año que, supuestamente, iba a ser el de las sonrisas. Ni la más mínima muestra de piedad. Este año termina conmigo en paro, desubicada y meditabunda sobre mi existencia, un mal, este último, que parece estar extendido a modo de virus zombie gracias a la crisis y otras añadiduras. Es la verdad; no tener trabajo y tener menos dinero nos convierte en seres con una vida mínima e insulsa que, eso sí, nos hace reconocer los placeres básicos. Yo me convertí en una snob en cuanto tuve oportunidad y saboreé las mieles, a ratos hieles, del éxito pueblerino y mediocre que no traspasa ninguna frontera y que, más bien, queda en un ridículo olvido, como las modas. Estuvo bien, como he dicho, a ratos. Pero ahora nada de lo que he vivido en cuatro años importa tanto como para rememorarlo con la emotividad que se rememora un feliz reencuentro, como el de esta navidad, al César lo que es del César. Nada me ha hecho aprender tanto como lo aprendido éste último, el 2011. El año en el que me falté el respeto, en el que me abandoné. El año en el que permití sentirme como una mierda; como algo que nadie quisiera tener a su lado jamás, porque no tiene ningún valor. El año en el que me agaché un millón de veces a ponerles zapatos a señoras que no podían agacharse, a otras que pretendían entrar en un 39 llevando un 41 y también a unas cuantas que se deshacían en elogios ante tanta amabilidad. Pocas veces me agaché para un señor, lo confieso; es que me entraban los aires de Virginia Woolf en el pecho y, yo qué sé. Tonterías mías. Como la de entrar en el 2012 sola, conmigo misma como anfitriona y como pareja de baile, de brindis y de orgasmo con abrazo y beso incluidos. Eso sí, esta vez me recataré con el cava porque, repito, estaré sola. Ninguno de aquellos a los que, hace una semana, importé tanto como para no dejarme tirada, acompañarme hasta casa e incluso meterme en la cama sin ningún tipo de reproche al día siguiente, y entendiendo que necesitaba un renacimiento tras una pequeña humillación alcohólica, estarán. Esto es una nota de agradecimiento a mis amigos, a los de siempre, a los que me regañan cuando me autodestruyo y a los que lo siguen siendo a pesar de las circunstancias, cualesquiera que éstas sean. Así que tomaré mis uvas de la suerte, brindaré conmigo misma y estaré tranquila y sola, en paz por un rato, lejos de los míos pero ayudando a colapsar las líneas telefónicas en llamadas a ellos. Y me quedaré con lo bueno y lo nuevo; con el renacimiento de una guerrera, el hallazgo de nuevas armas que ya sé manejar con precisión, me duelan o no las manos, y el respeto que, justo cuando den las doce, me empezaré a tener a mí misma.
Feliz año NUEVO.